Con frecuencia, la temperatura del recién nacido es poco estable, según las oscilaciones del medio ambiente; así, si hace frío, la temperatura corporal desciende y el niño parece soportar esta situación mejor que el adulto.
No obstante, conviene mantenerlo constantemente a la misma temperatura. De este modo se observarán en la curva de temperatura unas oscilaciones muy visibles. De todos modos, si se percibe una elevación o un descenso brusco, que persiste, habrá que sospechar un estado anormal.
En este caso convendrá examinar el rostro del niño, ya que traducirá el sufrimiento por una expresión dolorosa o abatida. La ausencia del reflejo de succión, una tendencia exagerada al sueño,, un color terroso o azulado de la piel son signos más alarmantes que una intranquilidad exagerada, llantos continuos o hasta incluso un vómito aislado. También resulta alarmante el que un niño rehuse el pecho aun cuando se encuentre limpio de fiebre.
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