Ciertamente, castigar no es otra cosa que imponer determinados estímulos negativos con la intención de suprimir o disminuir conductas no deseadas. Así. las amenazas verbales, el dejar a los chicos revoltosos sin las actividades con las que más disfrutan (recreos, gimnasia, plástica), el poner ceros, el hacer que los perezosos se queden más tiempo en el cole o el exigir a los parlanchines la repetición escrita de una frase un centenar de veces son, en teoría, recursos que buscan modificar comportamientos deficientes. Pero está comprobado que el castigo casi nunca es un método efectivo para cambiar la conducta de un chico. Es más, la maestra que usa el castigo de manera sistemática y como recurso educativo fundamental, no sólo fracasará en su intento de mejorar las actitudes de sus alumnos, sino que alterará el necesario clima de tranquilidad de la clase.
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