Juegos y caricias para un desarrollo feliz

Sí?, ¿no? ¡Siííí! La prueba ha dado positiva: el bebé está en camino y los futuros padres empiezan a imaginarse a su hijo: «¿Será niño o niña?» «¿Tendrá los ojos de su padre?» «¿Sacará el carácter fuerte de mamá?»…

Cuando un niño anuncia su llegada, los papas empiezan a tejer una red de ilusionadas expectativas: no es para menos. Desde ese mismo momento también el lazo de cariño que une al hijo con sus padres se hace un hueco en el corazón de papá y mamá. Y cuando por fin tienen a su pequeño en brazos, ese vínculo afectivo ya está ahí, pero hay que mimarlo desde el primer día para que se haga grande, grande…, como el bebé.

¿Por qué es tan importante? Además de alimento y cuidados, el recién nacido necesita el amor y el calor de la madre. Reclama que lo tome en brazos, le hable, lo acaricie… Al principio (la biología manda), ella será la figura privilegiada. Pero, poco a poco, el padre establecerá también un fuerte vínculo de apego con su hijo. A través del contacto físico papá y mamá le transmiten lo importante que es para ellos, sus ganas de que crezca y se desarrolle sano. Para el pequeño es tan vital como recibir alimento: sin ese estrecho contacto no podría salir adelante.

Los padres pueden hacer mucho para que ese vínculo de afecto se estreche. Entre los elementos clave están la mirada, el contacto cutáneo, el olor, la voz, los cuidados día tras día, los gestos amorosos… Cuanto mayores sean las dosis de calor maternal (y paternal) que reciba el bebé a través de caricias, juegos, masajes…, más satisfactoriamente se desarrollará. Se trata de dedicarle tiempo, fomentar sus ganas de aprender y, la clave del asunto, disfrutar todo lo posible de su compañía.

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